YANOMAMI

Siempre me han interesado los pueblos primitivos, las culturas en grave peligro de extinción. Un impulso que, en el verano de 1994, me llevó a emprender mi primer viaje al Alto Orinoco, para visitar a los Yanomami, el mayor grupo indígena del planeta que vive, ajeno a nuestra civilización, a lo largo de la frontera, entre Venezuela y Brasil. Entre la documentación sobre estos selvícolas, previa al viaje, me encontré con un libro excepcional: "Yo soy napeyoma". En él, Helena Valero, cuenta su prodigiosa historia. Raptada por los Yanomami, cuando tenía trece años, recorrió con ellos miles de kilómetros a pie, cruzó las más altas cumbres del Amazonas y fue entregada a varios hombres, de los que tuvo dos hijos. A pesar de todo, siempre la llamaban napeyoma, "la que no es yanomami".

 

José Antonio Carrera

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PHOTOBOLSILLO

Las fotos de Jose Antonio Carrera son preguntas. Iba a escribir que Carrera, él mismo, es una pregunta. Descubrió la fotografía por azar, lo que quiere decir que hubo una confabulación, una serie de signos favorables, que lo convirtió en testigo de su propia interrogación. Su punto de inflexión, o para ser más exacto de revelación, es una novela de Álvaro Mutis, Amirbar, donde Maqroll el Gaviero no es un navegante errabundo, sino un obstinado buscador de oro. Utilizar la fotografía para intentar hallar respuestas a preguntas que la propia fotografía formula, exige dejarse contagiar para comprender. Carrera selecciona, pero no discrimina, se coloca en disposición de rescatar, y así accede a la vida misteriosa y frágil de las culturas amenazadas de extinción, que hoy solo existen cuando alguien las mira. Hace retratos, sobre todo, como una forma de perpetuar la belleza de ciertos habitantes de Etiopía, de India, de Malí, de Kenia, de Mauritania, de Níger, ensimismados en la escasez, pero de los que brota una dignidad que no ha conseguido maltratar la tierra que los destruye.

 

Por Francisco Solano. El lugar de las preguntas

TERRITORIO MAQROLL

Hace ahora diez años que José Antonio Carrera inicio el primero de sus viajes a Colombia pertrechado de la literatura de Álvaro Mutis y de una cámara con la intención de rastrear las huellas esquivas de Maqroll el Gaviero. Recorrió la geografía cierta en la que vivían los personajes ficticios del universo creado por Mutis. Las imágenes que trajo de regreso son huellas de huellas, registros precisos de paisajes humanos por donde asoma el fatalismo apasionado de Maqroll. Carrera utiliza su cámara como un cuaderno de viaje. Una suerte de diario del que extrae algunas frases para que disponga de vida autónoma en forma de fotografías. Pero el verdadero argumento que emerge de estas fotografías es la fascinación de Carrera por el ser humano y su épica cotidiana.

Tiene José Antonio Carrera una extraña habilidad para hipnotizar a las personas que retrata. Congela sus miradas y las convierte en interruptores de nuestra fantasía. Sus retratos tienen la vocación de la intemporalidad y la fotografía le ofrece la posibilidad de detener el tiempo. Sus imágenes son vehículos de los que nos apropiamos para hacer esa tautología imposible entre la realidad y los sueños. Carrera nos propone un juego de complicidades: él rastrea apariencias humanas de apariencia tangible y quienes lo leemos jugamos a poner historias en cada personaje. El resultado es un universo creado a partir de la literatura y colonizado e ilustrado por miles de imaginarios que intentan, con diferentes grados de intensidad, sintonizar con las claves inspiradoras de las novelas de Mutis.

 

Por Alejandro Castellote. Cuaderno de viaje.

ENCUENTOS EN EL ESCENARIO AFRICANO

El explorador y fotógrafo inglés Wilfred Thesiger dijo alguna vez a propósito del interés que despertaban sus fotografías, que lo que realmente retrataban eran recuerdos personales de sus compañeros de viaje o de encuentros casuales que habían ocupado instantes preciosos de su vida.

En el verano de 1995, siguiendo las huellas de Thesiger, viajé a Etiopía y al norte de Kenia donde él había vivido y viajado a lo largo de toda su vida. Etiopía acababa de salir entonces de una guerra, una revolución y dos sequías devastadoras, todo ello en el corto periodo de 20 años, y las terribles cicatrices del desastre estaban en todos los rostros y paisajes del país. He sentido en las aldeas y caminos que la lealtad a la palabra dada, la dignidad personal o la natural solidaridad en la desgracia se expresa con una convicción y autenticidad desgraciadamente poco habituales entre nosotros, como si el calor humano estuviera reñido con el desarrollo.

 

Jose Antonio Carrera